Nota La Capital

Un fin de semana, Good Life…

En verdad, si no tuviera actividades en Rosario, este fin de semana me tomaría uno de los pocos aviones que despegan de nuestro espléndido aeropuerto para disfrutar de un relajado fin de semana en Montevideo, muero por volver una y mil veces a su mercado del puerto.

Ya, en rosario, hoy tarde de viernes, cuando cae el sol, cambio un cocktail de horas azules por una relajante camita veloz paralela al río, como preparándome para realizar una de las actividades más placenteras que tengo durante la semana, que es conducir “Good Life” de 20 a 22 hs. After radio, se impone reunión con amigos en la barra de Metropolitan, cubatas de ron añejo, algún iced tea long island, y buenos appetizers con la impronta ahora de Marcelo Megna. Si después quedan ganas una vuelta por Mei, J&B cola y ya.

El sábado entrado el mediodía, tostado mixto de jamón crudo mas flûte champagne en la barra de Augustus; por la tarde lectura obligada del último libro de Anthony Bourdain “Viajes de un chef”, y obvio buena música, tal vez la última edición de Café del mar (numero 11, que me regaló mi amigo Juan V.), un té blend de Ines Berton (exclusivo earl grey con lavandas),si queda un rato se impone siesta como aprendí en Mendoza de la doctrina de los suizos Rivier. Y ya, listo con mi mejor compañía para disfrutar de un espectáculo único, el circo imperial de china. Comida nocturna frente al río (romántica?), y quien sabe, un final por esas calles cargadas viendo que más… domingo, santo domingo, me encantaría que hubiera una iglesia “negra” donde escuchar holly gosspels, pero me conformo con leer mi diario favorito bajo el sol, y una mezcla de Sinatra, Jobim y Vinicius.

Obvio almuerzo familiar en Rich, y por la tarde cine , ¿seguirá en cartel “Madame Satà”? y un café con amigos. y a la noche , que tormento a veces este día a la noche, no? pero bueno, nada más que una buena pizza de Vía Appia y mirando televisión ya en la cama (el animé de Locomotion es lo mejor de los domingos) hasta que el sueño nos gane… pensando que faltan 5 días para el viernes, que más da , sino es en Montevideo el próximo fin de semana, acá todo bien!

Augusto Saracco

Ron & Tabaco Doquier

A la olla.

Así de simple, una olla. Desde el comienzo de los tiempos la usaban los olmec y los incas, los africanos y los españoles, y seguro muchas culturas más. Su forma y estructura han variado y lo seguirán haciendo, pero su sentido es siempre el mismo: alimentar y cocinar placer.

El periodista y escritor español Xavier Domingo ha dicho que “la olla, llámese olla como se llame – podrida, sancocho, puchero, pot au feu, o lo que sea- es el gran lazo culinario de iberoamerica, lo que une a españoles a sus hijos americanos”. Y es verdad, en todo nuestro continente las ollas ofrecen un punto de contacto. Desde la lejana castilla, donde en el puchero comunal se vertía todo lo que había a mano – carnes, verduras y muchos garbanzos- hasta en el Paraguay donde los guaraníes se divertían echando a la olla popular conquistadores distraídos, la olla a jugando un papel fundamental en la historia de los pueblos. Los incas la amaban; monteczuma la disfrutaba con sumo placer y Cortés no podía vivir sin ella, según relatos de la época. Tampoco se puede ignorar la participación que tuvo la olla en la América pre colombina; las suculentas cocinas de Jamaica y de Haití reflejan esta influencia mejor que cualquier otra. Una especialidad jamaiquina similar a la “olla podrida” es la pepper pot que aparece casi sin variantes en Haití como poivriere.

Se trata de la olla de nunca acabar, tiene comienzo pero no fin, está siempre sobre el fuego, mientras se retiran raciones se le agregan nuevos ingredientes, lo que esté más a mano y sea comestible: carnes, raíces, vegetales, legumbres, animales de mar y de tierra.

La interacción de las distintas culturas logro crear estilos y sabores que se han establecido como platos típicos nacionales que algunos califican como creaciones ignorando por cierto sus raíces originales. De todos modos, un puchero argentino es diferente a un sancocho colombiano o un pepper pot jamaiquino. También se debe incluir en estos aspectos el carácter de la olla, si es de metal, original de barro cocido, o el caparazón de una mulita o un zapallo ahuecado, sin dejar de olvidar al curanto en el que se utiliza a la propia madre tierra como recipiente.

“La olla simboliza el vientre materno, en la que todo se cuece y se pudre y que es símbolo de la vida y del renacimiento”.

Augusto Saracco